domingo, 18 de agosto de 2013

No hay renacimiento posible



Me callé y mis obras no hablaron por mis palabras (pocas y malas).

Simplemente me callé. Me sumí en el silencio.

Y ahora retomo, trabajosamente, a desbrozar esta selva de malezas. Para que las palabras me traicionen.
Estas mismas palabras que lees:
E - S - T - A - S    M - I - S - M - A - S
(desde que los signos llegan a tus ojos
hasta que las unes en tu pensamiento
y encadenas su significado):

¿con eso piensas que vas a desnudar mi interior,
que vas a saber y comprender lo que quiero decir?


Si piensas eso es que no has comprendido aún el engaño de las palabras. De todas las palabras.


Si piensas eso es que no has entendido nada.


miércoles, 22 de mayo de 2013

Admiro tu Belleza en los mil matices de verde de las hojas de los árboles (17): Revisitar Sangrazul



            Admiro tu Belleza en los mil matices de verde de las hojas de los árboles, cuando las da el sol de la tarde. Me quedo extasiado cuando cierro los ojos para percibir todos los sonidos de la Vida en Ti: el canto de los pájaros, la brisa, el ruido de los autos, el sonido del aspersor,… Acuso en mi interior, uno a uno, goteando, los segundos de mi tiempo, de mi vida, de mi existencia. Me demoro en el salto de un segundo a otro, de un instante a otro, en ese vacío del tiempo que es sostenido por Ti. Si Tú no sostuvieras cada segundo, cada parpadeo de mis ojos, cada aleteo, yo no existiría, yo no estaría aquí, yo sería nada. Tú sostienes lo algo que yo soy, y lo das consistencia en tu Persona. Recreas todos mis dones continuamente, no te cansas de crearme a cada instante, de sostener por puro amor mi existencia. El fuego de tus ojos incendia mis excusas, las palabras de tu boca cimentan mis ilusiones, la caricia de tus manos empuja mis pasos. Queda tu huella en mi vida, como poso profundo; queda este deseo de fundirme en Ti, como motor y acicate de mi búsqueda y mis desvelos. Renuevame, Señor Jesús, recreame, vive mil vidas, a través de mi vida y de la de los otros. Grábame tus sentimientos, sóplame tus inspiraciones, piensa en mí tus proyectos, sueña en mí tu Mundo Nuevo. Y, cuando se agote mi persona, cuando regrese al grado cero de espacio y de tiempo, absorveme en tu corazón, fúndeme en tu Amor de nuevo: hazme tuyo en Ti.



martes, 21 de mayo de 2013

Le llamaban Juan de Hierro (16): Revisitar Sangrazul




            Le llamaban Juan de Hierro y nació en un río muerto, desecado. Vivió un tiempo en el bosque, solitario, alimentándose de insectos y de raíces. Durante cincuenta años no vio a otro ser humano, por lo que se creía solo en el mundo. Un día aventuró un paseo más allá de los límites, o los humanos del pueblo aventuraron un paseo más allá de los límites (no se sabe), y Juan de Hierro descubrió al otro. El otro resultó ser un niño moreno y descalzo, al cual Juan de Hierro cargaba sobre sus hombros, como si fuera un rey y él su trono, y mataba las hormigas que mordisqueaban sus pies pequeños. Corrió Juan de Hierro con el niño sobre sus hombros: corrió atravesando el bosque y atravesando el río, saltó cercas y escaló montes, encaró fieras y espantó aves de rapiña. Juan de Hierro arrancaba musgos y líquenes, para hacerle un colchón al niño, y entretejía hojas secas para resguardarle del frío nocturno. Con sus propias manos, Juan de Hierro estrujaba almendras que convertía en leche y arrancaba manzanas silvestres y setas, y se lo presentaba al niño sobre un mantel de hierba. “No volverás a ver a tu padre ni a tu madre”, decía Juan de Hierro al niño, “Pero te guardaré a mi lado, pues me has devuelto la libertad”. Y el niño lloraba, al acordarse de su casa; pero pronto reía de nuevo, descubriendo el bosque desde los hombros de Juan de Hierro. Al cumplir los siete años, Juan de Hierro encomendó al niño el cuidado de un riachuelo de oro. Así pasaba día tras día el niño, contemplando los peces dorados y las aves transparentes que revoloteaban sobre el agua.
            Un día, Juan de Hierro no regresó. Se hizo de noche y el niño seguía sentado a orillas del riachuelo. El oro del agua resplandecía en la oscuridad, bajo la atenta mirada de la luna. Pero al día siguiente, Juan de Hierro no regresó. Y al otro tampoco. Al tercer día, al amanecer, el niño comenzó a llorar, viendo que Juan de Hierro no regresaría jamás. Sus lágrimas caían al riachuelo y formaban círculos. El niño se asomó a la superficie dorada y, sí, ahí estaba Juan de Hierro, llorando. Y, cuando el niño sonrió, Juan de Hierro le devolvió su sonrisa.


lunes, 20 de mayo de 2013

A veces las calles llenas de personas se me desvanecen (15): Revisitar Sangrazul




            A veces las calles llenas de personas se me desvanecen, dejando paso a amplias praderas surcadas por caballos. Las aceras pulverizan su cemento a mi paso, y camino sobre la tierra, mis pies desnudos. Cierro los ojos cuando me lleno los pulmones con el aire fresco de la montaña. Sigo caminando solo, pero el entorno me es distinto, me trae algo en el ambiente. Los edificios se vuelven vida vegetal que extiende sus brazos hacia el cielo, se vuelven vida. Todo lo artificial fluye, como un río, creciendo y desarrollándose, rebosante de espíritu. También yo me siento vivo en esta vida. (Sé que no es así, que la realidad es otra. Dime, ¿a quién hago daño en estos segundos de plenitud, soñando en su presencia? Dime, ¿acaso debo rehusar estos paseos, estos arrebatos del amor, estos raptos de un recuerdo venturoso?) (Permiteme soñar, que no hiero a nadie; y, si acaso, a mí mismo. Unos minutos duran mis partidas, pues después la realidad se me impone. En los momentos de dolor incontenible, intento juntar todos los minutos, pero la cuenta no me sale. Por eso, ten compasión, y déjame perderme en su presencia; sabiendo que la pena de amor ya no se cura sino con su presencia ¿y su figura?) (Su figura… En tantos cuerpos la he buscado que he perdido la cuenta, la misma cuenta que los minutos no sumados. Y todo no son sino copas de ajenjo que apuro con avidez, con la avidez del condenado a muerte, con la avidez del que todo lo perdió).
            Mira en los bolsillos de tu chaqueta: encontrarás una foto vieja con una dedicatoria en el reverso. En el papel hay nieve dorada cayendo. Amanecerá oscuro el día que encuentres esta dedicatoria, y por fin sabrás que amé hasta el dolor, hasta la muerte. Su sola presencia en mi recuerdo me aniquilaba. Me consumía cada día esperando la muerte para volver a sus brazos, para consumirme en su regazo, para descansar.


sábado, 18 de mayo de 2013

Dejarse arrastrar por el corazón herido (14): Revisitar Sangrazul



El cielo está rojo, como mi cuello: sangrando. Se abre el horizonte con estrellas invisibles, se ensancha, se alarga, se hunde. El cielo nocturno agujereado se sangra en destellos afilados que bañan las ramas desnudas. El tren, a lo lejos. Camino al cementerio, la noche parece más fría de lo que es. También parece más acogedora (a pesar de más fría). Suenan a lo lejos las voces, en la casa, contando historias, cantando. Vuelve el recuerdo de lo eterno en cada paso. Sentirse vivo, respirar, desgranar uno a uno los latidos, llenarse los pulmones de bocanadas de aire frío: permitirse que el tiempo pase y te haga muescas en el alma. Dejarse arrastrar por el corazón herido, que tira del cuerpo y lo mueve, como un pájaro enjaulado que revolotea buscando la salida. Cerrar los ojos y verse recogido en la noche, desplegado, repartido, dispersado, consumido, consumado. Abrir los brazos e inmediatamente alzar el vuelo, o ser crucificado, o recibir otro cuerpo en un abrazo. Sentirse vivo, sentirse libre, sentirse uno, sentirse nada.


jueves, 16 de mayo de 2013

El cielo está rojo, como mi cuello: sangrando (13): Revisitar Sangrazul




El cielo está rojo, como mi cuello: sangrando.
Nieve, púrpura, luna, piedra,
ciervo, arroyo, selva, desierto,
oasis, origen, olvido, oscuridad,
caballo, cabeza, claridad, clamor,
pueblo, popular, población, público,
arte, Marte, parte, darte,
rojo, negro, blanco, azul,
siempre, nunca, todavía, aún,
desde, hacia, tras, por,
soplo, álito, brisa, viento,
águila, ánfora, ácido, ánimo,
contemplar, escuchar, aprehender, conocer,
siempre tú mismo serás tan sólo tú.

martes, 14 de mayo de 2013

Me hubiera gustado tenerte en mis brazos mientras morías (12): Revisitar Sangrazul




            Me hubiera gustado tenerte en mis brazos mientras morías. Me hubiera gustado sostenerte cuando entregaste tu alma. Estar ahí para ti, que sintieras mi presencia, que sintieras que te quería. Me hubiera gustado verte cerrar los ojos. Sostenerte así, como recién nacido, recién entrado a la eternidad. Poder sentir tu aliento que se extinguía, el calor de tu cuerpo que se apagaba, tus recuerdos que se alejaban y se expandían. Te hubiera devuelto a la tierra, como un fruto maduro, como una semilla, la semilla de tu cuerpo. Sostenerte para que no sintieras miedo en el viaje, para que supieras que estaba aquí, contigo. Susurrarte al oído palabras de ánimo que no necesitabas, pero que yo necesitaba pronunciar. Llorar sobre tu cuerpo moribundo que no necesitaba mis lágrimas, pero que yo necesitaba humedecer con mi tristeza y mi dolor. Era yo el que necesitaba las palabras, las lágrimas. Saber en mi corazón que me mataste contigo, o al menos una parte de mi ser. Necesitaba verte morir, que no me lo contaran, que no me lo ocultaran: estar ahí, presente. Ver la Muerte cara a cara de nuevo, después de rondarme a mí, esta vez en un ser amado. Plantarle cara a la Dama Negra para reírme de su supuesta crueldad y decirle que no podía nada contra mis sentimientos, que Ella me convertía en un sagrario inviolable de tu amor y tu recuerdo, en una tierra sagrada. Descalzarme ante tu partida. Dejarte reposar, fruto maduro. Contemplar el amanecer entre mis lágrimas y dejar que el sol me secara la cara. Respirar hondo, una dos tres veces. Recoger tus cosas, y explicarle que ya no volverías. Donar tu ropa, quemar tus cuadernos, conservar tus cartas. Permitir salir al dolor, convertirse en las paredes de este santuario de tu amor. Olvidarme del mundo, desterrarme de mí mismo, aniquilarme. Cumplir y colmar una a una las leyes de la aniquilación.
            Así fue como me sucediste, así fue como te me moriste por dentro, ave fénix, para resucitárteme en mi andar, en mi sonrisa y en mi forma de escribir la letra “a”.